· Abraham · Pensamiento · 4 min read
Un dado de seis caras
Seis motivos para construir mi propia IA. De cerca parecen distintos; de lejos son las caras de un mismo dado.

Durante años he vivido inquietudes de manera independiente hasta que comprendí que en realidad todas ellas convergen en un mismo objetivo y forman parte de una misma estructura, son como las caras de un dado.
Desde la llegada de la IA una voz lleva un tiempo resonándome dentro diciendo que algo no está bien, que debo hacer algo. Sé que suena a cliché pero yo lo siento así, porque yo estaba ahí cuando se masificó internet en España. Y ahora lo siento igual, el cambio que se avecina lo cambia todo y siento fascinación y obsesión por igual.
Las caras del dado son para mí:
Aprender, no consumir
La tecnología y el mundo de la “informática” es cruel, lo que sabía hacer ya se hace de otra forma. El valor de mis conocimientos no se pierde, pero en parte se degrada y debe reciclarse. Ahora cualquiera con un prompt hace un retoque que antes requería unas habilidades, o un desarrollo, o profundizar en cualquier tema nunca ha sido más sencillo. Siento angustia, me llega un golpe de realidad a través de compañeros y foros: la velocidad de aprendizaje y superación de las nuevas generaciones es asombrosa. Tengo claro que no me quiero quedar atrás; me impulsa el ansia de conocimiento y el miedo a perder el control. El ritmo de novedades es, sencillamente, inabarcable en ocasiones.
Por eso no quiero consumir: quiero entender construyéndolo. Aprender desde dentro, no integrar con cuatro clics.
Que me sirva de verdad
Es de perogrullo, pero me tiene que ser útil y me sirva el día a día. El correo, el tiempo, las tareas, cosas que uso a diario y se integren en mi vida de forma orgánica, para no quedarse en un simple experimento de agentes. Busco algo más profundo y tangible, hacerla mía en la medida de lo posible. Mi inspiración es sencilla: no una Alexa sin corazón, sino algo parecido al ordenador de la Enterprise en Star Trek, un Jarvis de Ironman, uno que sepa quién soy. Solo así será realmente útil.
Soberanía: que sea mío
Hace unos años dejé Windows 11, solo lo uso laboralmente en ocasiones, pero lo considero un sistema pesado, lleno de bloatware y telemetría, con la presión constante de perder mi privacidad. Aún pasando a Linux mi voz interior no se calló, me decía: “móntate un servidor local, ahora un VPS, despliega con Docker tus propios servicios, ten soberanía digital”. Y cuando casi la había acallado, ahora me grita: toma el control de la IA, deja de ceder tus datos.
Soberanía, para mí, es exactamente esto: que sea mío y lo gobierne yo, sin intermediarios, salvo los estrictamente necesarios. Propiedad y control.
Privacidad: que no se exponga
Con Linux abracé el intento de ser más anónimo y privado: cifrado, VPNs y proxies se incorporaron a mi día a día. Aun así, mi huella en Internet es indeleble; ni queriendo podría borrarla, mis aciertos y errores están ahí, a la vista de quien quiera mirar.
Pero lo que de verdad me motiva es mi hijo. Él ya está perfilado por el mero hecho de existir, aunque con cuatro años no tenga ni DNI. Quiero proteger su privacidad y que sea soberano de las decisiones que quiera que los demás conozcan.
Y aquí está la diferencia con la soberanía, que es fácil de confundir: soberanía es mandar yo; privacidad es decidir qué se ve y qué no. Puedo gobernar un dato que es público, o no gobernar uno privado que está en manos de Google. No son lo mismo.
Seguridad: que no me lo exploten
Un hábito que intento cultivar es el aislamiento. No es la misma voz que la soberanía, una cosa es que el sistema sea mío, y otra que, siendo mío, no me lo puedan explotar desde fuera. Por ese motivo siempre que puedo voy a contenedores y otras estrategias de aislamiento.
Con la IA el miedo crece. En mis desarrollos me apoyo en cimientos que audita medio mundo, pero no meto en casa una caja negra que no puedo revisar: un MCP que me bajo de cualquier sitio, cuyo mantenedor mañana puede colar código malicioso en una actualización. Construir yo los flujos, con sus defectos, es el precio de que nadie me los pueda envenenar.
El yo digital: que quede algo de mí
Y hay una sexta cara, la más difícil de explicar sin que suene a ciencia ficción. ¿Y si Alyss fuera capaz de absorber, con el tiempo, mis valores, mis hechos, mis pensamientos e inquietudes? ¿Y si pudiera almacenar quién soy, aunque sea en parte, y dialogar con mi hijo o con mis nietos cuando yo ya no esté físicamente? Un Padre 2.0, una especie de Hari Seldon de Asimov. Es un pensamiento aterrador por su ancla emocional y maravilloso a la vez.
El dado, las seis
Aprender, servir, gobernar, proteger, resistir, perdurar. Seis caras de la misma obsesión.



